PODEMOS HACER MÁS. OTRA FORMA DE PENSAR EL DERECHO. M. ATIENZA. Madrid: Pasos Perdidos, 2013

Si las recensiones llevaran título, el de esta podría ser el siguiente: «Un gran libro con un título ambiguo: ¿podemos o debemos hacer más?». Pero vayamos por partes.
¿Por qué un gran libro? Porque se trata de una magistral ilustración de lo que el autor llama en la presentación «Otra forma de pensar el Derecho». Es decir, se trata de una colección de trabajos que recorren los más variados temas jurídicos (muchos de ellos de «rabiosa actualidad») y que en su conjunto pretenden cambiar la imagen estándar que se tiene del Derecho. Así, por ejemplo, se abordan los cambios que para la cultura jurídica implican los fenómenos de la globalización y de la constitucionalización de los ordenamientos jurídicos; el desafío para la libertad de expresión que supone la cuestión de las caricaturas de Mahoma; el problema de las relaciones de compatibilidad/incompatibilidad entre justicia (jurisdicción) constitucional y escepticismo moral; la posibilidad/necesidad de una lectura moral de la crisis que estamos viviendo; el desastre social de los desahucios y el nefasto papel jugado por los jueces españoles (o por muchos de ellos), etc. Hasta ahí, nada extraordinario: los temas, en realidad, son bastante comunes y quien más o quien menos es consciente de que el mundo está sufriendo una transformación acelerada y de que, por tanto, la cultura jurídica tiene que adaptarse si quiere seguir cumpliendo las funciones civilizatorias que supuestamente la dotan de sentido. Por tanto, la bondad del libro no se halla centralmente en los temas elegidos ni en las tesis sostenidas por el autor. ¿Dónde situar, pues, la alegada grandeza?
En mi opinión, lo que resulta realmente sobresaliente es que el libro reúne un conjunto de trabajos que consiguen algo muy poco común en la literatura jurídica: se trata de contribuciones relevantes y valiosas tanto para la cultura jurídica interna como para la externa. Es decir, van dirigidos tanto a los juristas profesionales como al público en general interesado por el Derecho. Todos esos destinatarios encuentran materia sobre la que aprender y reflexionar; y, a todos ellos, Manuel ATIENZA trata de convencerles de que «otra forma de pensar el Derecho» es posible. Algunos de los trabajos van más dirigidos a un público que a otro, pero ello no desnaturaliza lo que acabo de decir ni lo que pretendo concluir: el gran mérito del libro es que se trata de cultura jurídica en el sentido cívico de la expresión. Siguiendo una clasificación que el autor usa (pág. 59), podría decirse lo siguiente: se trata de un libro de Derecho que no va dirigido ni a avispados-desaprensivos, ni a idiotas, ni a parias; sus destinatarios son los ciudadanos (sean juristas o no).

II
Ahora bien, más allá de sostener que «otra forma de pensar el Derecho» es posible, los mensajes que el autor lanza a los juristas y a los no juristas no son, exactamente los mismos. Empecemos por el público no jurista. El segmento del público no jurista al que se dirige el libro con más claridad es el de los ciudadanos progresistas: personas que ven con horror cómo van creciendo de manera acelerada los desequilibrios sociales y las injusticias; que creen que el mundo es un lugar «manifiestamente mejorable» y que, en consecuencia, piensan también que hay que diseñar proyectos de cambio y de progreso. Pues bien, el mensaje que el autor dirige a todo ese público es, más o menos el siguiente: frente a lo que tradicionalmente ha creído gran parte del pensamiento de izquierdas y progresista (que el Derecho era un instrumento de dominación y un obstáculo para el cambio social), hay que tomar conciencia de que es posible «pensar» (leer, entender, interpretar) el Derecho de una manera alternativa a la meramente formalista, autoritativa y conservadora. Esos ciudadanos deben, por tanto, superar algunos prejuicios y tomar conciencia de que reequilibrar el mundo pasa en gran medida por juridificar (o rejuridificar) muchos ámbitos de nuestras relaciones sociales; y que la solución (o, al menos, el enderezamiento) de los problemas detectados pasa necesariamente por usar el Derecho de una determinada manera. En este sentido, el mensaje que cabe extraer del libro para la cultura jurídica externa es nítido: no hay alternativa al Derecho y cualquier proyecto de transformación social necesita contar con él. Un corolario de esta tesis es que el pensamiento progresista debe mostrar más interés por el Derecho y aspirar a un conocimiento y comprensión del mismo no meramente superficial. Si bien se considera, el título del libro es perfectamente coherente con este mensaje del autor. Dado que queremos cambiar el mundo y que otra forma de pensar el Derecho es posible, entonces podemos hacer más desde el Derecho de lo que tradicionalmente se ha venido creyendo. Se trata, recogiendo una vieja terminología, de un alternativismo jurídico «externo»: queremos y contamos con el medio, luego podemos (hacer más).

III
¿Por qué decía, pues, que el título del libro era ambiguo? Porque no refleja el mensaje que Manuel ATIENZA pretende enviar a los juristas profesionales a propósito de las diferentes «formas de pensar el Derecho». Ello se percibe clarísimamente, por ejemplo, en el capítulo titulado «Los desahucios, los jueces y la idea de Derecho» Allí no hay dos formas alternativas de leer (pensar) profesionalmente el Derecho de forma que, en función de los deseos, sensibilidades o proyectos de los jueces (en este capítulo son los sujetos protagonistas), «podrán» elegir entre ellas y, en consecuencia, si eligen «la otra» (la propuesta por el autor) «podrán» hacer más. El mensaje, en términos profesionales, no es en absoluto «dado que podemos elegir, podemos hacer más». Manuel ATIENZA no es ni mucho menos un «alternativista interno» que cree que hay formas alternativas de pensar el Derecho y que todas ellas son igualmente correctas o válidas en términos jurídicos (y, por tanto, jurídicamente equivalentes entre sí). Cuando se trata de discutir entre profesionales del Derecho las distintas «formas de pensar el Derecho», el planteamiento del autor es totalmente diferente; y su pensamiento puede sintetizarse en las dos siguientes tesis: Una, las diferentes formas convencionalmente aceptables de pensar el Derecho no resultan equivalentes en términos jurídicos; unas son jurídicamente superiores (mejores, más correctas) que otras. Y, dos, en términos profesionales no se es libre de elegir lo que no es lo mejor, es decir, no se puede elegir «lo peor». O dicho de otra manera: la excelencia profesional en el mundo jurídico exige pensar el Derecho de la mejor manera posible; y la manera mejor está mucho más allá de las lecturas e interpretaciones meramente formalistas y autoritativas. En este sentido, muchas de las decisiones y opiniones de jueces que aparecen recogidas en el referido capítulo de los desahucios son estrictamente incompatibles con la concepción que Manuel ATIENZA tiene de la ética judicial, de la excelencia judicial.
Pues bien, si lo que se acaba de exponer es acertado, resulta que el mensaje que el autor lanza a la cultura jurídica interna, a los profesionales del Derecho, no es ni mucho menos «podemos hacer más». Su mensaje es, si lo he interpretado correctamente, otro muy diferente: «Si esta otra forma de pensar el Derecho es superior, entonces debemos hacer más».

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